2016

En 2014 viví algo muy importante que quiero recordar y rescatar: comencé a hacer parte del coro profesional de la Fundación Prolírica de Antioquia. No permanecí mucho tiempo porque en ese momento todavía me faltaba disciplina, pero aquella experiencia fue muy importante para mí. Me acercó a la zarzuela y la ópera, a los teatros y a una manera distinta de vivir la música. Allí conocí también a un gran pianista con quien compartí canciones, escenarios, aventuras, viajes, negocios y aprendizajes. En 2016 nos presentamos en varios espacios: teatros, restaurantes y la Casa de la Cultura de Támesis, un municipio que amé por sus paisajes, su arquitectura, su cultura y su gente. Fue un año en el que seguí explorando. Hice un curso virtual de cocina al vacío, me acerqué al lenguaje de señas y, con la fotografía, seguí practicando y experimentando con la cámara, el flash y la fotografía de producto. Algunas de esas imágenes empezaron a formar parte de mi portafolio. También trabajé en un proyecto que recuerdo con mucho cariño: Clubes Juveniles. A través de él conocí mejor la ciudad, sus jóvenes y sus grupos juveniles. Comencé a usar el salón de danza de la biblioteca para hacer talleres, mover el cuerpo, cantar y crear espacios de encuentro. El cuerpo, la voz, la música, la fotografía y el trabajo con otros empezaban a encontrarse conmigo. Y también estaba el amor en todas sus formas. Las experiencias de ese año me enseñaron mucho sobre las diferentes maneras de relacionarnos, sobre la libertad, sobre aquello que buscamos en los demás y, sobre todo, sobre la importancia de la coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Hoy puedo mirar ese año con cariño. No para volver a él, sino para reconocer los caminos que ya estaba comenzando a recorrer.

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